MERCADO Y POESÍA

Por muy antiguo que sea el mercado, siempre la poesía es más antigua. Lo que posee prioridad en una secuencia lógica, generalmente fue primero en la serie histórica. Lo lógico es lo histórico depurado. La ontogenia decanta la filogenia.

Verdad que el mercado posee un origen remotísimo. ¿Cuándo fue el primer cambio de valores materiales entre los hombres? Fácilmente se pierde en la noche de los tiempos. Los historiadores de la economía de seguro tienen el dato probable, pero hay que convenir en que tiene que haber sido en edad muy temprana.

El mundo de hoy ha puesto el mercado en el ojo mismo de las relaciones humanas. El mercado ocupa el principal puesto del tramado de la urbe. El mercado es ya la urbe. Incluso, en términos arquitectónicos, es una pequeña urbe replicada.

El ser humano corriente al entrar en esta diminuta urbe se trasmuta en consumidor. Viene ya con todas las disposiciones mentales del consumidor, y sale de allí con una psiquis poderosamente trabajada por el consumo. Sufre una conversión.

Hay en el mercado una secreta pedagogía. De las mejores del mundo, pues no sienta a sus educandos fríamente en un aula. El mercado simula a la vida misma, y carga a esa simulación de un atractivo espectacular: variedad, novedad, utilidad...

Cada consumidor viene compulsado por sus necesidades, reales o ficticias. O viene simplemente fascinado por la factura y la imaginación, a explorar el nuevo jardín de Jauja. Hay, es evidente, hasta cierto trasunto estético en todo, bajo un aura ligera.

Incluso hasta se ofrece una falsa apariencia de democracia adquisitiva. Lo que hay se exhibe para todos. Todos pueden cargar con lo que deseen. Solo que el terrible drama de la accesibilidad —transcurre en el interior de cada paseante— implanta muros invisibles.

Un paseo por el mercado es una exploración de bienestar y tecnología. No en balde las grandes exposiciones universales comenzaron con el apogeo industrialista de Occidente. Muchos de los fenómenos de la cultura de hoy tienen sus raíces espantosas allí mismo.

Así pudiéramos seguir indicando secuelas oscuras que el mercado deja en la mente contemporánea. En todos los sectores sociales, en todas las comunidades geográficas, en todos los órdenes de la cultura. El mercado es hoy nuestro insaciable Minotauro.

Por supuesto, la poesía se encuentra expulsada del mercado. La poesía no puede convertirse en mercancía. En mercancía pueden ser convertidos —con mucho trabajo, pero a veces el mercado lo logra— los poemas, los poetas, las poéticas. No la poesía.

Como la poesía puede estar o no en un poema, en un poeta, en una poética, habría que ver cada caso de frente, y detectar en cada uno de ellos la presencia real de la poesía. La poesía es una producción y un consumo del espíritu. El mercado no es espíritu.

¿Y el mercado no vende las obras clásicas de los grandes poetas? Por supuesto. Se apodera de ese patrimonio para el desarrollo del lucro. Como sabe que esas grandes almas siempre tienen y tendrán consumidores, los reproduce como una suntuosa mercancía.

Pero la sustancia del mercado no solo es indiferente a lo espiritual profundo, sino que le es realmente hostil. Por todas las vías posibles insiste en lo pragmático, en lo banal, en lo instintivo, en lo que sacraliza el poder, en lo efímero, en lo último, en lo sustitutivo.

Y la auténtica poesía tiene otras poleas interiores, se mueve bajo dinámicas opuestas. La poesía quiere lo gratuito, lo que parece superfluo, lo que sacude todos los poderes, lo que va a la sustancia eterna, lo inalienable y único, lo que implica esfuerzo y altura.

La poesía conoce la factura del milagro, la sorpresa del destino, la metátesis del dolor, el contagio de la emoción, la solidaridad de la ternura y de la muerte. La poesía cree en lo demente, en lo alucinante, en lo concurrente, en la posibilidad, en el sueño, en la utopía.

¿Cómo juntar el mercado y la poesía? Hay que decir con honradez que lo que esos dos términos afirman en el mundo contemporáneo rara vez pueden juntarse, y los instantes en que esa asociación ocurra de verdad, sin deterioros recíprocos, han de ensalzarse.

Sería muy bueno que se le pulieran los ojos a ese Minotauro y se le indujese a tomar una página de Keats, pongamos por ejemplo, y verlo deleitarse con su Oda a un ruiseñor. Comprendería, como el jefe Seattle, que hay cosas que no pueden realmente venderse. Pero sobre todo, pues el mercado digiere cualquier oda siempre que la pueda ofrecer como mercancía, sería muy bueno que ese Minotauro se tornase un abanderado de los poetas desconocidos, de los poetas del tercer mundo, de los poetas de las márgenes.

El mercado no echa brazos fuera de la ganancia, y la poesía verdadera siempre nos reencuentra en la pérdida, nos rehace de nuevo para el camino más elevado. La poesía es una transacción sin lucro entre lo real y lo ideal, y una riqueza definitiva.

 

ROBERTO MANZANO

 

Se publicó inicialmente en el Blog Eurekíada en el año 2018. Luego en Cristálida Ediciones, Canadá, en el año 2022, dentro del volumen titulado DEFENSA DE LA POESÍA.

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