BENITA LÓPEZ: COMO UNA CANCIÓN DE TIERRA Y AIRE

Un poeta es un ser con una mirada que va más allá de lo tangible, que hurga en lo recóndito del paisaje, de los objetos y de los seres que lo rodean, y sobre todo en su propio ser, en busca de respuestas a los enigmas de la existencia, y luego regresa de esa introspección cargado de nuevas interrogantes. Un poeta cuenta y canta, afirma y duda, porque su realidad está permeada de otra realidad que lo inquieta y conmina a ir más allá, siempre más allá de los objetos, de los paisajes, de las palabras. Un poeta es el cronista de dos mundos: el mundo interior y el mundo exterior, cuyas atmósferas junta y cose con hilos de poesía, esa sustancia indefinible, intangible, tan común y tan rara que no se revela ante cualquiera, aunque en todos habita.

Benita López (Lomo Magullo, Gran Canaria, 1963) no es la excepción. Amante de su tierra, apegada a la tierra, caminante de sus espacios naturales o citadinos, observadora de sus gentes, se ha erigido, en mi concepto, en una cronista de la canariedad. Desde sí misma avanza hacia los otros. Avanza despacito, pues no quiere pasar por alto ningún detalle, por pequeño que este pueda parecer a los ojos de otros caminantes. Una piedra pequeña, una hoja que se balancea en el árbol o vuela en aire de la tarde, las nubes como cera moldeada por el viento, y el ser humano con sus sueños, angustias, carencias, alegrías o tristezas son motivo para el verso, que brota al compás de sus recuerdos y vivencias, unidos en un sitio atemporal, allá donde convergen los caminos del aire y de la tierra. He podido corroborar una vez más mis impresiones sobre esta singular escritora al leer, con verdadero placer y empatía, sus dos libros más recientemente publicados: Andamio de esmero y Edad de agua, ambos bajo el sello de Mercurio Editorial.

Todo cuanto toca de cerca a un ser humano, sea o no poeta, vibra o canta en estos versos, leves como de aire, densos como de tierra y genuinos, como debíamos ser los seres humanos. Me estoy refiriendo a estos dos libros como uno solo, aunque difieren en algunos aspectos, porque son dos aristas de su autora, ya que fueron escritos en diferentes momentos y guardan en sí horas, sucesos y emociones con el latido de esos precisos momentos. Pero si se reunieran en un solo volumen, tendríamos ante los ojos del espíritu, de cuerpo entero, a la niña rural que trabaja bajo el sol inclemente: «el regreso tiene en mí sabor a huerta, / luz de mi niñez agraria», a la muchacha que sueña estudiar y escribir versos: «Junto lo disperso / y las palabras van viniendo», a la mujer que ama y se alegra en compañía, que ama y sufre en soledad: «Invento los amantes, sí, pero son reales», a la hija, la madre, la abuela amorosa, a la poeta que camina las calles y las playas canarias para dar testimonio de su geografía visible y de su íntima geografía: «no toquen a  mi puerta, no toquen mis ventanas/ tengo que escribir mis memorias». Nada humano escapa a la mirada de la autora: la vida con todas sus consecuencias, la muerte en  su enorme dimensión: «que se vaya de mi cuerpo / este miedo a la muerte», la familia: «Tengo mis ancestros / dentro de mi casa y en la calle van conmigo», el entorno, la presencia de los desconocidos: «llama mi atención, sentada a la mesa, una persona sola», el susto que nos sorprende cuando al despertar cada mañana constatamos que debemos enfrentar la incertidumbre de un nuevo día: «Peldaños de una escalera son los pasos del día», la satisfacción al anochecer de haber vivido ese día, el sueño y los insomnios: «Recupera la noche mis otras horas./ Mi almohada junto a la ventana tiene gotitas de sueño», el cansancio físico y el cansancio ontológico, sus consistencias y sus contradicciones, que por obra y gracia de la poesía se convierten en nuestras: «Detrás de los fragmentos de oscuridad /desprendidos mis ojos / apuñan destellos de claridad».

Personas sensibles ante la belleza y la autenticidad, lectores atentos y cómplices: les estoy convocando a acercarse a la edad de estos andamios alzados con esmero, muchas veces caídos y muchas veces vueltos a levantar, y a esta edad donde el agua fluye, opaca o cristalina, para que la palabra penetre en sus oídos y en sus ojos, y deposite como una ofrenda, en ese lugar impreciso donde habita el alma, su ramillete de poesía brotada de los surcos del vivir.

 Reyna Esperanza Cruz

La Habana, enero 25 de 2025

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