CONCURSOS Y TERRITORIOS EN LA POESÍA
Synergos es, como su mismo nombre lo indica, consecuencia de una acumulación. La vida se fue juntando, yo me fui juntando, nos juntamos la vida y yo en torno a poderosas matrices del mundo interior, y surgieron estos nudos de extraña música, esa dinámica de armonías hondas, de elevadas turbulencias. La vida nos zarandea, nos impele hacia montículos ásperos, hacia poljas henchidas de frutales, hacia litorales de aguda soñolencia. Y me senté a componer, en apenas dos semanas, de vuelta al Ciego de Ávila natal, los versículos que despliegan su cosmos poliédrico. Era como un cono de canto que entraba en cada renglón en convergencia asombrosa, y que se abría hacia los ojos del lector ―todo autor es su primer lector― en otro cono de productiva divergencia. El foco, entre los dos conos, el que se condensa, y el que se expande, era la persona: era yo, como un humilde héroe silencioso de una preterida cosmogonía. En cada libro salgo a buscar el universo, y me hundo en mí mismo, como un buceador que atraviesa el aire hacia las constelaciones totales. Es un bajar subiendo, una entrada que sale, un afinamiento que se propaga. Y las formas con que se me enciman los mundos, apenas ya tengo de modo borroso sus algoritmos pitagóricos, plantan sus cardúmenes frenéticos, sus racimos de coloridas centellas. Entonces una mano va abriendo, y otra mano va cerrando, según las distancias que dicta el ojo de la mente, que es el juego proporcionado del arte, y se lucha por dejar plasmada una danza en la frente del lector. Ojalá lo haya logrado.
Lo anterior es la parte sabrosa, porque es lo creador. Lo que viene después lo dicta un demonio caprichoso: el de la vida literaria. ¿Qué hacer, con el libro ya en la mano? Un libro de poesía tiene sus canales establecidos, y hay que entrar por esos canales. Lo envié al año siguiente a la primera edición del Concurso Nicolás Guillén. Uno de los jurados era miembro de mi generación, y tal vez entendería mi libro. No contaba mucho con los otros dos jurados, que les conocía bien la filiación estética. Pero hay que mandar, como hay que coger una vasija para tomar agua. En efecto, ni el que debía entenderme arrimó la brasa. Y el concurso entró, de pronto, en una cadena rápida de afinidades. Ya para su cuarta edición había quien apostaba por algún que otro nombre de antemano. Se estaba volviendo previsible. Antes de que me fuera adjudicado, hubo una ruptura, aunque realmente para ese instante yo estaba absolutamente fatigado del juego, que ya se remontaba a cuatro años, pues no había dejado de enviar, edición tras edición, el mismo libro con absoluta regularidad. Y de pronto, en la ocasión siguiente, dos jurados al menos me veían ganar con el libro, y venían a informarme un día después de la deliberación amigos que habían escuchado por televisión la noticia, pues no había recibido aviso anterior. De quince lectores que tuve en el Guillén, en sus cinco ediciones, al menos dos estuvieron dispuestos a defender mi libro desde el primer momento. Así es este relato de mi participación, desde mi ángulo de observación, que te cuento con absoluta honestidad.
Sé que de alguna forma piensas en la dinámica de los concursos como una especie de lotería asistida por una mano no precisamente mortal. Tal vez eso funcione en certámenes internacionales donde no se conoce a gran parte de los participantes; pero aquí, no lo creo mucho. Soy del criterio de que a pesar de que el Guillén ha desbancado mitos, también ha establecido los suyos. Tú, que has sido juez y parte, ¿qué piensas de eso?
En otras partes lo he dicho: los concursos son un mal necesario. Mal viven los poetas, y un ademán institucional por salvar a uno aunque sea durante un período corto de tiempo siempre se agradece. Acudimos muchos, en escuadrones ansiosos, pero sólo a uno le tocará la prerrogativa establecida. Es una especie de auxilio mínimo, de remesa sometida a discusión pública, de oportunidad de publicación que no puede, por escasa, ser distribuida entre todas las tropas de sensibilidad que acuden a la oferta. Además, no hay inventarios en este medio, censos de los talentos, repertorios de libros inéditos, bancos de sensibilidad y productividad categorizados. Son tan sólo gestos de colaboración, improntas solidarias con una manifestación que se intuye desamparada en el fondo, y que se sujetan a ciertos parámetros discernidores. Pero ya se sabe, estimularán a uno y desestimularán a treinta o cincuenta. Cuando el producto premiado se encuentre en circulación, suscitará nuevos desencantos y nuevas estimulaciones, y habrá hasta actitudes ―los poetas son seres humanos, con todas sus grandezas y mezquindades― que extraerán fuertes nociones de cálculo, un álgebra de participación, algún que otro algoritmo para el éxito. Hay quienes escriben según dictados del espíritu, y otros según leyes de probabilidad y recompensa. Los concursos se quedan sin distinguir eso nunca, si es que eso puede saberse realmente de inmediato. Y verdaderamente es una clasificación íntima, porque nadie puede hacerla pública. Tenemos, por otra parte, que se han de elegir juzgadores. Ya, en este tramo del proceso, escapan todas las posibilidades reales de distribuir justicia. Los juzgadores son extraídos del campo poético, y no es un secreto para nadie que este campo siempre está fracturado, sectarizado estética y estimativamente. Y moverlos de otras áreas para discernir poesía no tiene sentido. Así que, desde el punto de vista teórico puede quedar resuelto, pero desde el punto de vista práctico este asunto no se resuelve jamás. El tema de los concursos es de una riqueza extraordinaria, que él solo amerita un espacio que no tenemos disponible.
¿Compartes la opinión de Jesús David Curbelo, camagüeyano, emigrado reciente al centro cultural capitalino, como tú, de que fuiste un romántico al quedarte lejos de la fanfarria defendiendo tu posición ante la poesía?
La poesía, si se le mira desde un punto de vista platónico, no necesita ser defendida ni trasladada en el espacio: ocupa un espacio arquetípico, de donde emana como esencia. Esta es, en muchas ocasiones, la visión tácita que tenemos de la poesía como manifestación artística, aunque no seamos conscientes de ello. Pesa mucho lo romántico como tradición en nuestra mente: una enorme cantidad de presupuestos poéticos aún en vigor tienen su origen en esa tradición, y hay que afanarse duro dentro de uno para remover muchas plataformas de ese carácter desde donde juzgamos y producimos la poesía. Hay ciertas obligadas emancipaciones que tiene que realizar quien decide acometer exploraciones profundas. Y en ocasiones el único modo de crecer consiste en desaprender. Algunas formaciones tácitamente inculcadas se nos revelan como espantosas anteojeras. Y allí donde nadie ve atravesamos crisis, que son como nudos dolorosos de desarrollo. Pero inevitables, insoslayables, imprescindibles. Todo crecimiento genera una muda o una metamorfosis. La muda, porque se crece en cantidad, y ya no se cabe dentro de la antigua piel. La metamorfosis, porque se crece en calidad, y ya no se puede ser morfológicamente idéntico. Todo esto sucede también en la poesía, vale decir, en la psiquis de los poetas, que es donde nace, para gloria de la especie, ese fenómeno mágico de la poesía. Así que yo, como cualquier hijo de vecino que le haya dado por ser poeta, y siendo persona autodidacta y de extracción muy humilde, he tenido mudas y metamorfosis obligadas, impuestas por los propios vectores de crecimiento, abozaleadas siempre de alguna manera por las vicisitudes inmediatas. Como dijo una vez un poeta avileño amigo mío, yo también he aprendido duramente mi lenguaje. He movido mucho el pedernal, para poder extraer una chispa de cuando en cuando. Bastante he hecho, de acuerdo al origen y la circunstancia cotidiana de apremio en que siempre he vivido. Nunca me he considerado un intelectual, porque no he podido vivir como he visto que han vivido los intelectuales típicos. Siempre aclaro, y lo verás a lo largo de todas mis exposiciones, que yo lo que tengo es una vocación muy fuerte, tremendamente arrasadora, que me ha llevado a estar pensando en la naturaleza de la metáfora hasta sembrando arroz en medio de un marabuzal. Así que yo sé bien, porque lo tengo vivido, qué es más o menos un poeta medieval, hundido en la distancia del olvido, con Gutenberg bien lejos, y todos los antólogos de espaldas en el horizonte, y el editor ―bien de revistas o de libros― mirando hacia las cohortes escandalosas de la nación o los espejismos de la mar remota. Y he entendido, y he callado, pero no me he quitado mi pompa de rimador. Como puedes ver, pienso que Jesús David Curbelo, gran poeta y mejor amigo, tiene toda la razón del mundo, aunque resulte engorroso ahora ponerse a explicar una realidad tan controvertida, que genera tantos encontrados pareceres.
En EL MINOTAURO Y LA MARIPOSA, entrevista de Leyla Leyva Lima (2006), pp. 89-93, Editorial Isla de Libros, Colombia, 2021.