LA POESÍA ES UNA ESFERA CON UN SENTIDO

La poesía tiene como fuente la imaginación. Es un arte que trabaja con imágenes. Esas imágenes atraviesan el mundo interior, y se impregnan vivamente de sus profundas resonancias. Algunas de ellas son atávicas, emergen de las capas límbicas, y al ascender de los planos cóncavos del ser, dibujan, más allá de los impulsos de la inteligencia, relieves desconocidos en ocasiones hasta por el mismo sujeto que las elabora. Traen el mundo desde abajo, y desde adentro, y alzan hacia la luz grandes flujos freáticos. Los verdaderos poetas desbridan esas trémulas cisternas, sueltan sus diminutos peces blancos, facilitan que afloren sus dinámicas madréporas ocultas. Al menos en la poesía de hoy, que es ya eminentemente postsurrealista, hay siempre un vigoroso sustrato automático, incluso en el poema que quiere expresarse dentro de la lógica cotidiana. Sin este automatismo no hay legítimo paisaje psíquico, no hay representación auténtica de la actual angustia humana.

Pero no solo lo irracional canta, sino también, y con mucho, y en diversos momentos del proceso creador, lo racional. La inteligencia es uno de los ingredientes infaltables de lo lírico. En la representación artística del caos trabaja con mucha fuerza una potencia ordenadora, hija medular de las mejores disposiciones abstractivas.

En los productos superiores de la comunicación se funden lo cognitivo y lo afectivo, lo telúrico y lo estelar. Participa la esencia humana, con toda su integralidad, como la rotación luciente de una esfera estremecida, llena de raicillas y frutos sorprendentes. La sentencia y el estado de ánimo son un solo cuerpo del decir, una redondez enunciativa total. Es lo humano, en un saliente de abundante tensión espiritual. No es un alarde de estilo tal como se entiende comúnmente, ni una cabriola que dibuja una propensión del gusto en boga. Es un acto de espiritualidad en que se lucha por recuperar el equilibrio perdido. Es una proyección del mundo interior que agoniza en el espacio del poema por exorcizar y fijar delante de sí, simultáneamente, una dolorosa fricción de lo real y lo ideal.

En la poesía no se deja de pensar un solo momento, pero en cada momento se piensa siempre por imágenes. Esas imágenes tienen un manantial irrenunciable: la persona. Es la persona plasmándose, en un rapto que procura alcanzar, aunque sea por un instante, las leyes aunadas de la justicia y la belleza. Las imágenes han de representar con eficacia, por su verdad y color intrínsecos, el paisaje psíquico que las suscita explosivamente. Y no se puede cantar por un solo brazo, como un cuerpo deforme, sino moviendo los dos brazos desde los más recónditos pozos hacia las más infinitas estrellas. En la mayoría de las ocasiones, por esa esfericidad sin fin que tiene toda vivencia digna de cantarse, moviendo todos los brazos posibles, como un pulpo místico, en medio de las aguas turbulentas del océano conflictuado y desiderativo en que marchamos hacia nuestro propio destino. Por eso siempre tiene la poesía una temperatura que desborda con creces la vida cotidiana. Esa termodinámica viene de la entraña, individual y colectiva, y es una enjundia colorida y rítmica que siempre anhela verterlo todo, para un entendimiento sensorial del enigma solitario y solidario que somos en cuya expresión se aspira con fervor que se presente la menor cantidad de residuos. La poesía es una esfera con un sentido, una extraña esfera que tiene, a la vez, las propiedades de la llama y el cristal, y donde lo parmenídeo y lo heracliteano bregan por alcanzar un consenso definitivo.

 

ROBERTO MANZANO

 

Se publicó inicialmente en el Blog Eurekíada en el año 2018. Luego en Cristálida Ediciones, Canadá, en el año 2022, dentro del volumen titulado DEFENSA DE LA POESÍA.

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