LA IMAGEN DE LA PALABRA

Toda palabra es una cápsula representativa. Esa cápsula tiene una primera envoltura, que es de carácter comunicativo. Y tiene capas sucesivas, envolturas secundarias, que la convierten en una cebolla mística, en un juguete misterioso e interminable, en una aérea caja china.

Una de sus principales envolturas interiores brinca sobre las posibilidades cotidianas de comunicación, las más inmediatas, y arriba al reino proteico de la visualidad infinita, al sitio donde se funde lo objetivo y lo subjetivo, lo emocional y lo racional, lo individual y lo colectivo.

Esa envoltura tiene una ingeniería que se considera hasta hoy —vendrán días de mayor dominio sobre ella, si la humanidad se salva— de carácter absolutamente inefable, pues está sujeta a las leyes imponderables de la belleza. El origen de la idea de que esa envoltura es inefable viene de nuestra arrasadora ignorancia.

Así que hay una manera de abordar la palabra, su insondable relojería, en que la imagen que cada una de ellas contiene se potencia supremamente, y al combinarse en sorprendentes sintagmas, esa manera establece relaciones fosfóricas con el mundo que conocemos, incorporándolo al mundo que desconocemos.

La realidad es el lexicón de Dios, y en su magnífico diccionario las entradas son imaginales, y poseen como atributo esencial la sensorialidad estupenda de lo unitivo. Y el poeta, a quien Dios ha comisionado para entenderse con ese diccionario, trabaja con imágenes que se inscriben de continuo en una línea de música y de sentido.

Las palabras pueden representar todas las actividades que despliegan nuestros analizadores. Incluso trasmitir, a partir de las posibilidades combinatorias de lo que existe, paisajes de una índole fabulosa, que el sujeto puede convertir en enunciados nocturnos o solares, según su temperamento y estimativa del mundo.

Es ahí en ese punto, precisamente, en el que la palabra se afilia y supera las restantes artes. Se afilia, porque se descubre que trabajan lo mismo, solo que lo condicionan a sus vehículos cardinales y distintivos de expresión. Las supera, porque cada una de ellas, por separado, posee limitaciones de informatividad que la palabra cumple sin esfuerzo.

Todos los poetas son concuñados, porque están casados en lo invisible con ciertas musas, hijas todas de la misma madre totémica, la loba de los signos, la cierva panóptica de los lenguajes: la palabra. Y a pesar de los fundamentalismos estéticos que algunos preconizan, nuestra madre totémica ama por igual a todas sus hijas y yernos.

Pero el anillo se abre, y el explorador entra en reino más ancho: la imagen, territorio del arte, comunidad poliédrica, intersección y fondo de oro donde se sueltan todos los sujetos del mundo, para alcanzar la emancipación de lo subjetivo permanente. En esta comunidad el que entra sin soberbia aprende una lección que hoy interesa mucho aprender: la convivencia estética.

Esa lección la tienen aprendida los poetas y pintores que se asocian para rendir culto a lo análogo, que es casi siempre lo esencial, pues no hay diccionario del mundo sin relaciones exhaustivas entre las partes. Hay seres que prestigian las fracciones, como los ciegos que tocaban al elefante por distintos puntos.

Pero hay seres que saben que no se puede partir sino de la parte, en una actitud partidaria inicial, pero que solo se imparte como legítimo un mensaje cuando se comparte desde la raíz misma: la imagen inscrita en la palabra, la imagen inscrita en las líneas y manchas…

La imagen es el verdadero reino, la patria sacra de todo artista. Hacia la imagen conduce todos sus rebaños oscuros, sus caballos tutelares, sus cabras díscolas, sus unicornios de mayor transparencia o espesor. Incluso, el verdadero artista conduce hacia la imagen hasta su propia vida, hasta su débil rastro de persona que atraviesa la existencia.

Lo mejor es disfrutar del gesto superior de la convivencia artística, la enseñanza de la democracia estética, que es la única consonancia digna de mérito, pues se establece entre artistas diversos para el triunfo absoluto de la unidad básica de la cultura: la imagen del espíritu.

 

ROBERTO MANZANO

 

Se publicó inicialmente en el Blog Eurekíada en el año 2018. Luego en Cristálida Ediciones, Canadá, en el año 2022, dentro del volumen titulado DEFENSA DE LA POESÍA.

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