EL ARTE DE ESCRIBIR POEMAS QUE RESPIREN BIEN

La poesía respira por sí misma. No necesita que el profesor, el preceptista, el asesor, el promotor, el encargado institucional expliquen cómo ha de respirar. Incluso no necesita de los poetas. Y puede prescindir absolutamente de los poemas. La poesía es siempre, como han indicado los grandes poetas en sus poemas dedicados a este asunto, un algo más. Algo que no está tan solo en la enunciación, en el tono, en el cairel, en la espuma azul de la retórica. Puede no presentarse en las vasijas que le tienen planificadas las tradiciones artísticas. Puede escapar incluso ante la música y la plástica verbal. Puede no asomarse a los ojos de los que la sociedad ha condecorado como poetas.

Lo que es estrictamente no lo hemos definido bien, ni creo que nos encontremos en condiciones de interpretación justa para poder definirla en lo venidero previsible. Ella se sabe, y nos sabe bien, y desde adentro de nosotros sabe con un saber que no tiene aún, ni se sabe si la tendrá algún día, un álgebra conocida. A veces se le mira, y quedan perplejas las miradas ante su complejidad intrínseca: para qué sirve, se han preguntado hasta las conciencias que las personas suponen avisadas. Pero de que sirve es evidente, porque la especie no sostiene nada desde el origen que no posea alguna productividad aunque resulte desconocida.

Aunque no estará de más nunca un poco de espíritu de investigación en lo que la poesía es en sí misma, ella en realidad no necesita que se le enseñe a respirar bien, como sí se le puede sugerir al poema, ese soporte especial de la poesía artística. Solo de la poesía artística, porque lo que es ella, en sentido amplio, puede que no acuda a la cita del poeta, que la convoca a través del poema, así como puede manifestarse con inusitada grandeza en otras manifestaciones humanas sin que medie poema alguno. Pero los poetas, que se denominan así porque tienen la tarea de colocar la poesía en el poema, conocen que el poema sí necesita de una larga práctica para que respire bien.

Los poemas, en su condición de artefacto, se encuentran llenos de mediaciones. Están llenos de mecanismos: ocurren como si fuesen un dispositivo, una pantalla del mundo interior, y en ellos la estructura y función adecuadas generan una cobertura especial. Todo tiene que estar sumamente calibrado, aunque se haya construido sin el menor asomo de sudor. La gracia es relampagueante, pero el soporte de la gracia se encuentra saturado de circuitos materiales. Y lo socializado es el dispositivo, sea oral o escrito, para que la gracia alcance una atmósfera real de comunicación. Así que hay una tecnología, aunque sea de tan ensortijada complejidad que se le considere impermeable a la invasión escolar.

Los principios básicos de esa tecnología ya están muy bien estudiados, y todo poeta que se respete sabe que ha de apropiarse, como si fuese una segunda naturaleza, de toda la práctica acumulada al respecto a lo largo del espacio y el tiempo. Hay que tener una cultura poética para ser poeta, como decía el poeta cubano José Lezama Lima. Sin cultura poética no se puede convocar a la poesía, porque la gracia aparece tan solo a ratos, como unos soplos disociados, y luego se ven los bandazos del que camina sin haber escuchado bien las advertencias de los buenos exploradores. El poema es entonces un polígono de tierra mal arada, que no sirve ni para andar ni para sembrar. Alguna que otra espiga, pero el número de terrones duros no propicia la verdadera germinación.

Pasa entonces que los que no tienen genuina gracia, pero conocen al detalle la tecnología de cómo habitualmente transcurre la comunicación poética, crean artefactos tan parecidos a los verdaderos que logran acaparar muchas prerrogativas públicas destinadas para el fomento de la poesía. Así que hay un sector del proceso creador, al menos en el orden ejecutivo, que necesita ser aprendido, que es absolutamente trasmisible, y que no se puede saltar para la realización plena de la gracia. Incluso entre los que aceptan que la cultura poética es necesaria también hay sus estereotipos y fundamentalismos, porque en el arte hay más supersticiones de las que imaginamos. Y nos podemos encontrar con los partidistas artísticos, que consideran que la gracia solo tiene una tecnología específica.

Si deseamos resumir la cultura poemática en un punto, puede sugerirse el siguiente: el poema debe respirar bien. Es cuerpo, y tiene sus músculos y sus pulmones, y su aire y su sangre, y su metabolismo. Si no aspira bien, no resulta tónico. Tener tono es tener vida. La oxigenación debe comportarse como un holón, esa célula del conocer que entiende al todo como una parte y a la parte como un todo. Nada debe cuidarse más en un poema que la proporción entre lo que significa su globalidad y lo que van expresando sus unidades más pequeñas. Un poema que no posee un dinámico intercambio entre el detalle y el conjunto no alienta bien, porque necesita ser orgánico. El poema es un modelo excepcional de simulación de nuestro mundo interior.

Hay quien olvida que el poema es un artefacto acústico y lineal, como el verbo que emplea como vehículo. Sus imágenes están inscritas lingüísticamente. Así que debe cuidar su respiración en todos los órdenes. El poema parece un pastel de hojaldres, y la capa que olvida metabolizar el poeta asfixia a las demás, cuando entre ellas debe circular el aire y la sangre con total armonía y desenvoltura. Si el poema es muy triste, resulta adecuado cerrarlo vocálicamente; o abrirlo, para que suene a mañana y campana si es de alegría; y hay que vigilar las cantidades lineales, y las intensidades rítmicas, y los despliegues tímbricos y tónicos. En todas las partes tiene que haber energía, porque solo trabaja bien lo que posee suficiente y concordada energía.

Un poema es un espacio simbólico notable de la cultura. En la misma medida en que la cultura se refina hacia la mejor dirección humana la sociedad tiende a jerarquizar al poema. En la misma medida en que se deteriora la cultura, banalizándose y descendiendo zoológicamente, abandona a la palabra estetizada que tiene en el poema su reino más alto. La imagen inscrita en el lenguaje es la verdadera reina de la cultura. Si en un clima de supuesta cultura los poemas no respiran bien con todo el sistema de comunicación es que los receptores se están desmovilizando de las metas verdaderamente humanas.

 

ROBERTO MANZANO

 

Se publicó inicialmente en el Blog Eurekíada en el año 2018. Luego en Cristálida Ediciones, Canadá, en el año 2022, dentro del volumen titulado DEFENSA DE LA POESÍA.

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