EL DISCURSO DE TERSITES

Ulises! Es innoble tu fondo, pero tu forma es imponente: te consideras el príncipe del mundo: te has enrolado en esta invasión detrás de grandes codicias, y estás lleno de trampas y desmanes!

 

Crees que si exhibes cetro dorado te corresponden desenvoltura y razón, pues te sientas entre autoridades y gozas de acólitos que te siguen y aplauden: te encuentras enfermo de poder.

 

Si hablas, éstos, míralos bien, que te conciernen como soldados o voluntades muertas, suscriben pelo a pelo tus consignas: han aprendido a la fuerza un arte vergonzoso: el de la conveniencia.

 

Lo siento: no he aprendido ese arte: y no es por ignorancia, sino por dignidad: no atiendo a lo que se supone favorable, pues ni temo ni ambiciono: sigo los dictados de la verdad y la justicia.

 

Pobres de éstos, que han reído porque me has reprimido violento, cautivo de tu ira y soberbia, sorprendido de que alguien a quien supones inferior diga la verdad delante de tu oscuro entrecejo.

 

Pobre del cantor que describe esta peripecia: insiste en mi aspecto físico y lo ofrece como símbolo de disminución entre los que aquí participan: también domina el arte de la conveniencia!

 

Yo soy feo porque digo la verdad: tú eres agraciado porque golpeas el suelo con tu báculo y ocupas silla de poder: éstos son agradables porque consienten tus palabras con sus risotadas cómplices.

 

Los que nos apartamos de tus avaricias y de la imagen que procuras para ti mismo, somos deleznables y grotescos, seres expulsables o de segunda: sólo buenos para servir de arietes!

 

Desde pequeños ustedes reciben cuido y crecen en abundancia: las mejores sustancias vienen a estirarle las piernas y enaltecerles el rostro: nosotros somos hijos de la escasez y el maltrato!

 

Tal vez somos oscuros y bajos, con la desproporción del tubérculo: tal vez nuestras doncellas no se espigan bien bajo el acarreo y el olvido: tal vez están muy desdentados nuestros ancianos.

 

Puede que muchos de nosotros bajen la cabeza ante el paso arrogante de ustedes, que desfilan orondos hacia la asamblea a decidir para bien de ustedes mismos cómo han de suceder las cosas.

 

Pero yo soy Tersites, la voz del otro: yo soy el otro: soy la fuerza y el número: el rostro de los que no tienen rostro, la voz de los que no tienen voz: broto de abajo, del seno anónimo del polvo.

 

Eso te ofende de increíble manera: te provoca una rabia galopante, que te conmina a ser brutal: calculas que debes castigar con ejemplaridad la desobediencia de lo que acaricias imponer.

 

Incluso mantienes mílites y edecanes que diseñan con delicada alevosía qué usar y cómo, cuándo se tiene buena o mala imagen: vives en medio de los más tristes y desnaturalizados simulacros.

 

No puede estimarse bien cuántos aparejos de poder usan ustedes, con cuántas artimañas voltean la sardina hacia su fuego, cómo maniobran los más hondos sentimientos y las más altas ideas.

 

Hay que reconocer que ajustan hábilmente las imágenes para lograr los efectos deseados: las víctimas creen que son emblemas propios, y circulan desnucados y ataviados con apetitos ajenos.

 

Sí, yo soy el peor de los hombres llegados a Troya, pues sé hablar la verdad: no sólo digo con valor la verdad, sino que también sé expresarla: ciertamente es demasiado para tus áureos oídos. 

 

Desde luego que yo tenía que ser bizco y cojo, con los hombros caídos y juntos hacia delante, encorvado de espaldas, con la cabeza puntiaguda: cómo podría ser de otro modo, oh Eximio?

 

Di lo que tú quieras: engañarás a muchos durante mucho tiempo: contra mí irán hasta los míos, que se burlarán o me dejarán solo: pero mi verdad acabará por multiplicarse bajo el ardiente polvo.

 

Porque soy Tersites, la palabra del otro: soy el otro: soy la fuerza y el número: el rostro de los que no tienen rostro, la voz de los que no tienen voz: emerjo de abajo, de la entraña anónima y oscura!

 

ROBERTO MANZANO

 

Publicado en EL LIBRO DE LOS DISCURSOS, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2017, p. 101-108.

 

 

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