NO SE PUEDE OLVIDAR LA TEMPORALIDAD HUMANA
Tiene el día que se vive un aire único, muy parecido a un milagro, como si fuese un suceso insólito dentro de una extensa hiladura. Una vida se compone de estas vértebras temporales, que nos parecen exclusivas y memorables. Gracias a estos tramos y episodios de nuestros destinos nos mantenemos sobre la tierra.
Lo que un individuo vive lo viven también las comunidades. Hay muchas invariantes que identifican a nuestra especie en lo extenso de los espacios y en lo profundo de los tiempos. Esas constancias no son solo la coloratura, sino sobre todo el engrudo esencial. Permanecen. Nos hacen ser como somos desde que somos.
Los tiempos de los individuos se miden en días, semanas, meses, años, lustros, décadas, y excepcionalmente en siglos. Cada uno de esos segmentos vitales posee sus correspondencias psíquicas y sus asociaciones simbólicas. Son eslabones de sangre, cañutos de crecimiento, distancias tácticas, peldaños de ascensión.
Los tiempos de las comunidades se miden en años, en lustros, en décadas, en siglos, en milenios, en civilizaciones. Se cruzan vivamente con sus partículas constitutivas, pero las sobrepasan ampliamente. A los pueblos y civilizaciones los percibimos emocionalmente como eternos, pero racionalmente sabemos que son perecederos.
Sujetos a la muerte, pues se encuentran en la vida, tanto individuos como comunidades cumplen su intransferible paso por la tierra. Cumplen este paso con magnitudes distintas. No las procesan del mismo modo el inconsciente personal que el colectivo. Si esto no se tiene en cuenta no se procesan ni organizan bien los datos.
Los que dirigen estructuras sociales, ya sea en breves asociaciones o inmensos conglomerados (familias, escuelas, centros de trabajo, organizaciones, partidos, distritos, estados, regiones, mundos), no pueden olvidar, en ningún momento y en nombre de ninguna doctrina, la naturaleza profunda de las personas y los pueblos.
Los procesos han de dar resultados, y para cada resultado hay un tiempo de expectación. Hay lapsos que la psiquis registra, y entre ellos una coordinación natural y sabia, que no pueden soslayarse ni manipularse indefinidamente. En cualquier creación de esperanzas palpita siempre una rara aritmética y una ética rigurosa.
ROBERTO MANZANO
18.12.2020
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