VECTOR DE INTENCIONALIDAD Y TRABAJO ARTÍSTICO I

Nombramos
vector de intencionalidad a la línea indicadora del propósito en la conducta,
detectable por la secuencia de acciones que se estructura hacia una meta.
La
intencionalidad se encuentra presente en todos los actos humanos. El espectro
de intenciones, y su probable taxonomía, puede ser inagotable.
Lo
empírico establece, al menos, dos intencionalidades básicas en relación con la
actitud del sujeto. La primera intención, que obra sin premeditación. Y la
segunda, que actúa con propósitos ocultos. La diferencia la establecen la
prudencia o el cálculo.
La
intencionalidad, desde este punto de vista, no interesa directamente a estas
páginas. Aquí es una decisión: una dirección de la voluntad hacia determinado
fin.
El
análisis del vector de intencionalidad podría remitirse a los motivos. Pero
esto no constituye realmente su asunto. Los motivos de la intencionalidad
necesitan, para ser identificados, otros métodos de abordaje.
La
intencionalidad se escamotea con más frecuencia de lo que se enmascara. Pero
los motivos pueden escamotearse y enmascararse. Para las finalidades del
análisis del vector de intencionalidad no es útil saberlo.
El
análisis puede arrojar una cadena de motivos, incluso arribar a un supermotivo,
si lo hubiere. Pero sólo los tendría en cuenta como expresiones genésicas de la
lógica inmanente en el resultado.
Lo
ético y lo cognoscitivo se funden en cualquier análisis. Con esto ha de
cumplirse rigurosamente, para alcanzar una decisión final ecológica: evidenciar
los valores del objeto, y evidenciar los valores del objetivo. El proceso de
análisis los ofrecerá simultáneamente.
El
método es la sinergia del objeto y el objetivo. La intencionalidad con que se
busca definir la intencionalidad configura la búsqueda. Cuando se encuentra en
situación, brinda su resultado.
La
intencionalidad muestra carácter de vector, porque contiene siempre un sentido
y una dirección. Va y vuelve a su meta, sumando decisiones hacia ese rumbo.
A
veces la percepción del vector es absolutamente intuitiva. Pero se advierte y
controla su marcha. Aunque no pueda ofrecerse una convencida y convincente
interpretación de su lógica inmanente.
Pero
hay una conducta. Y toda conducta se define por un propósito. Ese propósito se
extrae de la secuencia de acciones. Si hay acciones bajo propósito tienden a
adquirir carácter secuencial.
La
ausencia de intencionalidad presupone ausencia de movimiento. No existe la
conducta.
Pero
la intencionalidad siempre existe, de algún modo. Sólo que puede parecer
inexistente para un sistema que analiza determinados referentes. No encuentra
los referentes, y niega la intencionalidad.
Pero
la conducta tiene sus propios referentes. Aunque no goce una conciencia de los
mismos. A partir de ellos domina la franja de acción por donde avanza hacia su
meta.
Es
importante saber si la conducta puede, si la situación la favorece, y si el
resultado vale el proceso. Las metas reales sólo existen como secuencias de
acciones. Están ya en condición de vector.
Se
constata aquí la presencia de la intencionalidad en toda actividad, de
cualquier índole. Lo que se quiere es determinar cómo se estructura y avanza,
configurando un vector.
Ese
vector, ya identificado de alguna manera, torna visible la intencionalidad. Se
advierte entonces la procesualidad de la conducta, dictada por la meta.
Lo
secuencial implica pasos. Cada paso es meta y tránsito hacia una nueva meta.
Ambas estarán sujetas a una de carácter superior que las contiene. La meta
conserva y desarrolla el propósito.
La
meta es un resultado que se anticipa. Está en idea, y es con idea de, vale
decir, con intencionalidad. Toda ideación genera vectores.
Esos
vectores luchan por alcanzar la idea. Suman, de acuerdo con la habilidad de
aquel que avanza, sus módulos. Se tornan, indefectiblemente, secuenciales.
Una
meta informe, como una mirada interior que aspira, no tiene vértebra. No puede
sostenerse. No puede dar pasos. Como no se secuencia, no ha asumido su deber
situacional.
Toda
conducta es procesual. Sólo en la procesualidad pueden explicarse las
intenciones. Pero las intenciones sólo cristalizan en una situación.
La
situación es el polígono donde actúa la intencionalidad. Pero los vectores sólo
son perceptibles en el resultado. Analizando el resultado como presencia final
de un proceso puede recuperarse la imagen real del resultado.
Por
esta vía puede alcanzarse una imagen de la intencionalidad. La intencionalidad
que interesa al análisis es la que puede deducirse de la inmanencia lógica de
los resultados.
Por
eso los resultados deben ser devueltos de alguna manera a la situación donde
cristalizaron, porque sólo allí adquieren una legítima lógica inmanente.
El
análisis toma los resultados y los desintegra. Estos han de ser vistos por
dentro, que es propagar diferencias y conectar partes. Proseguir la división
más allá de los límites recibidos.
Los
resultados tratados de este modo comienzan a revelar estados procesuales. La
arqueología de sus vectores ilumina el proceso.
El
resultado es un proceso. Sólo que concluido. Los vectores de intencionalidad ya
están congelados y en estado unitivo.
Si
la aproximación respeta esto, envía un resultado homólogo. Ofrece una
isomorfía. Así también se puede caracterizar lo unitivo, pero su vocación
procesual es muy baja.
La
intencionalidad del análisis deberá descubrir entonces los vectores presentes
en el resultado. Los vectores son siempre expresión de un proceso, pues garantizan
los resultados.
Lo
verdaderamente provechoso del análisis es la lógica inmanente que puede ser
extraída, y la dialéctica viva entre el proceso y el resultado. Para ello hay
que visualizar cuál es el vector más anchuroso, el que rectora el campo.
La
intencionalidad siempre se desplaza por un campo. Es el espacio para ejercer su
movimiento. El campo existe desde antes, pero la intencionalidad lo
vectorializa. Puede crear uno nuevo, precisamente por la necesidad de
ejercerse. Pero para ello tendrá que transformar campos existentes.
El
campo preexiste a un determinado vector que quiera sujetarse a análisis. Pues
hay sujeto, y el sujeto siempre existe en un campo. Donde hay un sujeto, hay un
campo. Toda conducta es un movimiento en un campo.
Si
por algún motivo, aunque sea durante un lapso, se clausura un campo, cesa todo
movimiento: es una especie de muerte interior. La existencia de un buen campo
sólo se aprovecha en el movimiento de una intencionalidad.
La
intencionalidad brega por expandir al campo. De acuerdo con la altura de sus
metas, funda los horizontes.
El
campo puede ser óptimo y no estar vectorializado. Vectorializarlo, al asimilar
sus condiciones, es ganar conciencia.
La
vectorialización de un campo no presupone lo consciente. El campo se encuentra
siempre, de alguna manera, vectorializado.
Lo
consciente y lo inconsciente constituyen una simultaneidad ergonómica del
campo. El trabajo del vector ilumina o ensombrece regiones diversas del campo
en correspondencia con su marcha hacia la meta.
Lo
inconsciente es como lo que la mirada capta no de frente, sino con el rabillo
del ojo. La información del rabillo del ojo es lo inconsciente. Lo
subconsciente es, en gran parte, lo que lo consciente margina o sepulta.
Lo
consciente respeta y utiliza lo inconsciente. Son los suburbios de la marcha de
lo consciente. Esos suburbios son de una extensión enorme. Lo consciente es
sólo una estría de luz en el campo.
El
campo se desaprovecha mucho. No se puede tener conciencia de todo el campo. El
vector se mueve en esa estría de luz. Pero sólo avanza si mueve grandes
extensiones suburbanas.
La
inteligencia tiene poder iluminador. Es siempre una bujía que se enciende. Un
receptor crítico del vector de intencionalidad, después de analizar la
secuencia de acciones hacia la meta, puede revelar lo consciente y lo
inconsciente, haciendo conscientes grandes regiones del proceso.
La
existencia de la voluntad en un campo vectorializa rápidamente el área que
ocupa. Crea distancias, mediatas e inmediatas.
Porque
dentro del campo hay obstáculos, retrocesos, rodeos, saltos... Es locomoción
interior hacia la meta. La voluntad también establece una política de
distancias.
Las
metas dentro de un campo se jerarquizan, se reorientan, se perfilan, se fijan
hasta determinadas distancias, se visualizan los obstáculos futuros. Se trazan
las estrategias y las tácticas.
El
movimiento hacia una meta es un camino. Todo análisis de la intencionalidad
resulta ser siempre de carácter hodológico. Es encaminismo.
No
se puede ayudar al Otro, que es uno de los fines de la crítica, sino se entra
dentro de su campo. La verdadera ayuda no se complace con dominar las
secuencias pasadas y haber descubierto los motivos.
La
ayuda debe incorporarse a las secuencias del porvenir. Esto es más difícil,
porque es trabajar, a partir de los vectores materializados, con vectores
virtuales.
Despojar
al Otro de un futuro —vale decir, de sus metas— es el modo más terrible de
desarmarlo. Por no tener campo donde desplazarse, la conducta se anula en el
vacío.
La
percepción del campo envía entonces un grito de alerta: una aguda sensación de
abismo. La altura de un grito es inversamente proporcional a la vertical de su
abismo.
Salvar
al Otro quiere decir cerrar o prevenir los abismos de su campo. Los abismos, no
los obstáculos todos. Hay obstáculos que deben ser puestos como vectores
formativos.
Las
metas no pueden ser inscritas en las voluntades sino poseen su propia
germinación y desenvolvimiento interior.
Las metas siempre se están rehaciendo y colocándose más allá. Las voluntades se dividen según sus propias metas. Cada voluntad es responsable de sus metas.
Sigue
en: VECTOR DE INTENCIONALIDAD Y TRABAJO ARTÍSTICO II