VECTOR DE INTENCIONALIDAD Y TRABAJO ARTÍSTICO II

descripción

  

El primer gesto de todo análisis es visualizar la síntesis. Ésta ofrece una mirada encaminista adecuada para el análisis. Aprehendida la síntesis con la mayor holgura posible, la voluntad analítica orienta su vector.

El análisis carga de la síntesis una contemplación global de los vectores que serán sujetos a examen. Al entrar en su campo específico, ha de percibir con gran nitidez los supervectores y los subvectores.

Se desglobaliza, sin perder jamás la síntesis. La síntesis debe acompañar, como una nube magnética, todo el movimiento de la brújula analítica por el campo.

En el instante en que el análisis desembarca en puerto, se verá que el puerto es la síntesis de nuevo. Pero una síntesis de mayor altitud sobre el mar.

Los vectores se constituyen en sistema. Trabajan sinérgicamente, en mayor o menor número, según la estructura de la meta.

En ocasiones, la meta es como una granada. Se compone de otras muchas metas, y ofrece una compacticidad enorme.

Porque todo sistema puede volverse, al adelantar su aprehensión, subsistema. Así como el subsistema puede ascender a sistema bajo el recorrido del vector de análisis.

De todos modos, es un obvio principio de operatoria que el cuerpo no debe quedar desmembrado. La disección como fin en sí misma es inútil y punible.

El análisis sólo puede ejercerse donde está presente el vector. La percepción del vector se realiza en el consumo crítico de la situación donde él ha cristalizado.

Los vectores cristalizan en la obra. Ella es la situación material de los vectores. Es el proceso y el resultado. Es una secuencia de acciones que ya ha recogido sus andamios. Es el cuerpo de la meta.

La obra existe de modo íntegro. Su integridad dicta la extensión del análisis. Le proporciona también una nueva vectorialidad, no ya inmanente, sino proyectiva y relacionante.

El análisis del vector de intencionalidad atiende su carácter proyectivo y relacionante, pero lo remite siempre a su lógica inmanente. Es donde se encuentra objetivamente la intencionalidad.

Una obra puede ser un solo cuerpo, pero también un sistema de cuerpos. Una voluntad analítica puede dividir el sistema en estados diferentes. Esto le otorga de inmediato carácter procesual.

Cada cuerpo se podría desmembrar, considerar cuerpo a cada miembro y desmembrar de nuevo. La intencionalidad es ubicua en este cuerpo, pues fue creado por ella.

Crear quiere decir ordenar un caos. La consideración de qué es orden o qué es caos depende del sistema referente. Referenciar implica también relatar. Todo relato es una secuencia de acciones.

La capacidad de crear exhibe un solo signo para distinguirla: es productiva. Donde hay ya conducta creadora, aparecen de inmediato los vectores ordenando áreas de caos.

Una creación cristalizada es un instante luminoso. Si está ejecutada en imágenes no se subsume en los anillos superpuestos del tiempo, porque se apaga de inmediato en el horizonte. Hay que conservarla íntegra.

Es un saber plástico. Una plasmación. Lo que ella ordenó, puede ya ser caos en correspondencia con los nuevos referentes. Pero ella es la memoria de un triunfo sobre un caos. Se necesita íntegra para las nuevas ordenaciones.

Toda obra es siempre expresión de un campo. Por eso se puede considerar como un campo. Es un segmento de campo objetivado.

Es un sistema. Su integridad le otorga esta condición. Sus elementos se traban en una masa inconsútil. Poseen diversas jerarquías funcionales, pero todos se encuentran al servicio del conjunto.

Este sistema es cerrado. Es una existencia estructural orgánica que se ampara de la entropía. Gracias a esto puede ser reconocida y consumida.

Pero es abierto a la vez. El consumo incorpora vectores nuevos en cada ocasión. Adquiere un valor proteico por el uso. La recepción añade metabolismo.

Esto es posible porque la obra disfruta una identidad estructural fija, y una conceptual evolutiva. Analizar estos vectores en el tiempo es introducir una historia de la recepción.

La obra es propósito plasmado. La plasmación se alcanza como un resultado, pero es también el proceso. Gracias a la energía representativa empleada, adquiere plasticidad.

Los vectores, ya plasmados, tornan anticorrosiva la obra. Se encuentra ya en una situación hipotética: la permanencia.

La plasmación inyecta a la obra de unitividad. Puede tender puentes hacia todos los términos, pero ya está ella en ella: ha alcanzado identidad.

La identidad es su lógica inmanente. Los vectores son responsables, después que están trazados y avanzan, de cuándo ella se sienta ya concluida para sí: cierra entonces su lógica inmanente.

La voluntad que despliega la intención debe advertir la coherencia que reclaman los vectores según los estados sucesivos de la plasmación. La voluntad avanza gracias a un saber sujetarse.

Como la plasmación es siempre una temperatura que arde dentro de una simetría, la voluntad se desbrida y sujeta. Los vectores imantan al campo, y los diferentes puntos que van alcanzando gobiernan a los que deben alcanzarse.

Hay una progresión. Los vectores gozan de una facultad progresiva. Avanzan, crecen, mejoran. Dominada la meta, cristalizan en una situación que es ya resultado: la obra.

El análisis del vector de intencionalidad entra, a través del resultado, hacia el campo donde los vectores progresan. Esto es detectable porque se encuentra inscrito en el resultado.

Para ello hay que impulsar una dialéctica enérgica entre la secuencialidad y la simultaneidad. En toda la extensión del método. Vale decir, en la coordinación viva del objeto y el objetivo.

La obra fue creada así, y así ha de llevarse al caos eventual del análisis. Se astilla, pero en orden, como en esos esquemas explotados del dibujo arquitectónico.

Esto sólo es posible cuando se maneja una visión correcta de la semántica distribucional de la obra. La globalidad y la fragmentación, que son expresión de cómo el todo pasa por las partes y cómo las partes van al todo.

Para penetrar urge un método. Vale decir, un camino. Las asociaciones continuadas son un modelo mental de conocimiento. El método es un viajero que ansía saber marchando tras los vectores por el campo.

El análisis sin método tiene el objetivo en una orilla y el objeto en la otra. No se logra saber. No se puede presentar a otros. No hay modo de aprender.

Un análisis con un buen camino desplegado logra saber, presentar, enseñar. Extrae de un campo incorporaciones globales que dinamizan los nuevos vectores probables.

Cuando el análisis camina es porque recamina lo que la obra ha caminado ya y, sobre todo, se encuentra en condiciones de encaminar. Todo buen análisis es encaminista: explica cómo ponerse en camino.

Esto lo proporciona el método. Él, que es camino, genera el procedimiento, que es el paso a favor. Los procedimientos avanzan por partes, y trabajan para el método sobre cada una de las huellas.

Para que el método y el procedimiento progresen, hay que tener delineada con claridad la dialéctica entre la formación y los formantes.

Hay que desplegar entonces los referentes. Los referentes son los que delinean esa dialéctica. Ellos constituyen la expresión de qué determinación se imprimirá a las relaciones entre los formantes.

Los referentes, claro está, no soportan la arbitrariedad. La determinación del contenido de las relaciones viene dictada por la formación, que es la relación superior de los formantes.

El ejercicio de los referentes genera de inmediato los planos. Los planos son sistemas de conexiones entre un referente central y todos los formantes que pueden pertenecerle de acuerdo con la determinación establecida.

Los referentes rigen, y los formantes cumplen, la existencia de los planos. Es importante extraer los planos. Es la forma más útil de desplazar el análisis por las secuencialidades encerradas en la simultaneidad de la obra.

Los planos elaborados gozarán de existencia objetiva en la obra. Primero, porque el referente viene sugerido por la globalidad. Segundo, porque los formantes son elementos constitutivos funcionales de la inmanencia.

La configuración del plano se adscribe a una dialéctica de adentro/afuera. Establecido tal referente, hay que dejar afuera unos formantes e incorporar otros, por abstracción.

Es responsabilidad del análisis qué vectores escoge para la configuración de planos. El propio campo vectorial de la obra suscita cuáles deben ser escogidos para una exploración productiva.

De acuerdo con los planos escogidos, el análisis entrará en contacto o no con la intencionalidad superior. Si se conecta de algún modo con la intencionalidad superior podrá recaminar objetivamente.

El análisis, con la visualidad de la formación, afinca su referente en el campo. Hacia él vienen imantados los formantes y se establece el plano. El plano estará atravesado de subvectores que cumplen la intencionalidad superior.

Dentro del mismo plano, o viajero por todo el sistema, el análisis puede lanzar exploraciones organizativas. El recorrido de un elemento ionizado puede ser este avance: un formante abstraído cuya evolución se somete a contemplación.

El análisis debe, de continuo, salir y entrar del plano y establecer periódicamente una recepción distante. La distancia es también un método de visualización, que ofrece los contornos de los continentes.

El elemento ionizado y la recepción distante son procedimientos del análisis, entre otros muchos. Verifican el crecimiento del vector crítico, que se sujeta con cierto riesgo a la costumbre desmembrante.

Pero la operatoria básica es el sistema de oposiciones. El lanzamiento de unos formantes contra otros, de unos referentes contra otros, de unos planos contra otros, hasta quedarse con las células constructivas.

A través de lo opositivo se adquieren diferencias en lo compacto, penetra el análisis en nuevas partes, se caracterizan e integran las formaciones y planos. Se aprecia el decurso del vector y su éxito plasmador.

Las oposiciones garantizan que el análisis penetre y que acumule material suficiente para que pueda ser devuelta la síntesis, cuyo primer paso es la integridad de los resultados.

Las oposiciones pueden establecerse en sistema: relaciones, polaridades, unicidades, pares ergonómicos, antítesis, principios constructivos... El campo sugiere las mecánicas opositivas.

El análisis del vector de intencionalidad no es un modelo apriorístico. Es un enfoque sinérgico que exige la interacción absoluta con la obra.

La obra dialoga con el análisis. Suscita las búsquedas y los hallazgos. El análisis interpela a la obra. Cada uno de ellos trae su conducta. Pero crean en la situación crítica una vectorialidad sinérgica.

El vector de intencionalidad establece la presencia humana en el sistema plasmado. Incluye la idea de un sentido y una dirección que provienen de una energía situada.

Esa energía es el trabajo artístico. El vector de intencionalidad cristaliza los contenidos de la meta. Pero también implica cotas de esfuerzo cumplido.

El análisis es imprescindible para la obra. El consumo hedonista y el consumo crítico enriquecen a la obra. Le proporcionan permanencia. La obra agradece el análisis, porque a través de él se mide la estatura y se reproduce el saber creador.

Sigue en: VECTOR DE INTENCIONALIDAD Y TRABAJO ARTÍSTICO III

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