LO QUIJOTESCO: UNA CONDUCTA MUY ESPECIAL 2

Lo ideal es provocación de lo real. La soledad
no puede verificar las armas del hombre público. Lo ideal, por consiguiente, no
puede materializarse en la soledad. La coherencia que debe alcanzar lo
quijotesco, para serlo realmente, necesita entrar en contacto con los demás
para ir perfilando en ese trato sus propios estatutos. Al mismo tiempo que
suscita lo ideal, lo real ofrece una angustiosa resistencia a su desarrollo.
Esto convierte a lo ideal en un movimiento peleador: es lo propio real buscando
su óptimo. Por ello, lo quijotesco, en cuanto se le mira como lo ideal
realizándose, urge del choque con la realidad para tornarse coherente dentro de
sí mismo como programa de conducta transformadora. Aunque tenga una aparente
impronta irracional, sólo lo real verifica su racionalidad más profunda.
Es evidente que este programa y su realización
en la conducta no procede de un arquetipo imponderable. No se encuentra fuera
de lo histórico. Como se elabora dentro de cada ámbito histórico, acarrea
materiales del pasado y, enderezándolos contra el presente, los proyecta al
futuro. Es decir, posee determinabilidad y generalidad. Determinabilidad en
cuanto tiene que ver con aspiraciones concretas de una sociedad específica en
un momento de trance histórico y con la visión de una clase que domina la
totalidad de la estructura. Generalidad en cuanto dentro del programa hay
componentes de valor humano incuestionable, que deben ser resguardados y
continuados como tesoro legítimo de la totalidad.
En este sentido, lo quijotesco posee sus
propias determinabilidad y generalidad. Su régimen de conducta posee estatutos
de actuación ya trascendidos, falsos desde el punto de vista total, que acusan
entropías indudables. Estos parámetros de conducirse están condenados al
fracaso, pues sus ideales han caducado bajo las nuevas circunstancias. Los
ingredientes dominantes de la nueva totalidad real, no se encuentran
interesados en esos gestos de viejo corte ideal. Lo quijotesco es así una mala
actitud, una discordancia y un empecinamiento que sólo conduce al revés
continuo. La determinabilidad de lo quijotesco es aquí de sentido negativo. Sin
embargo, por la generalidad presente en todo programa de conducta ideal lo
quijotesco es de signo positivo y encarna una actitud plausible. Su concepto de
la justicia, la alta espiritualidad y la inclinación heroica al bien son
valores inexpugnables, pues resultan vivos y atesorables. Otros muchos
aspectos, de carácter más práctico, son también derivables y auspiciadores
dentro de esta conducta especial del hombre, que implica un arranque hacia lo
venidero y que soporta la incomprensión de lo establecido.
Lo quijotesco es agónico, en la acepción de
lucha. La contienda es entre lo real y lo ideal. Se enarbola lo ideal frente a
lo real. Este ideal, por su forma, es pasatista; por su contenido, es
futurista. Hay agonía no sólo entre lo ideal y lo real, sino también entre la
forma y el contenido del propio ideal. Lo quijotesco posee esta dicotomía
interna, que constituye su médula trágica. Es un agón doble, que le proporciona
ribetes irracionales. Lo que es aspiración magna, parece ruptura desquiciada.
Es un agón doloroso porque se tiene conciencia de él y resulta a la vez fatal
para la personalidad consciente. Una vez emprendido su camino, se ha de ser
consecuente con él. La necesidad de coherencia de todo ideal se impone. Pero el
ideal quijotesco lleva una costilla fracturada. Su forma no corresponde a su
contenido. Como la forma es organización del contenido, en esta fractura se
revelan incongruencias del propio contenido. Las formas proceden de un modelo
elaborado por una ideología determinada, ya trascendida por las nuevas
ideologías de la vida. Quijote no simpatiza con las ideologías nuevas, con el
estado de ideas en existencia, provocadas por las nuevas circunstancias, y
trata de revivir los aspectos formales del ideal caducado. Lo que el ideal
antiguo podía tener de generalidad sólo ha sido tomado desde su forma, sin la
suficiente elaboración para corresponderse a los nuevos contenidos ideales. Los
participantes de sus actos, que se mueven en otro terreno, pillan con rapidez
la fisura. Así se desciende, en un santiamén, de lo sublime a lo ridículo. La
criatura quijotesca bordea de continuo este abismo.
Lo ideal sobrepasa a lo real. El
sobrepasamiento se afinca en el pasado, pero entra a zancada viva dentro del
futuro. En las palabras de Quijote hay referencia a las actitudes pasadas que
él ha tomado como modelo, así como una preparación continua para actos que de
seguro advendrán. El pasado y el futuro, la emulación y la esperanza,
constituyen sus verdaderos polos de gloria. Lo presente es derribo, molimiento,
encontronazo, burla, llamamiento brutal de la realidad. Por supuesto, dentro de
la actitud quijotesca, dada la configuración que ella misma se procura, no se
persigue exclusivamente el éxito: vale más la intención que los resultados. Lo
más importante son los móviles: si los móviles son grandes, grandes han de ser
los resultados, aunque la realidad monda y lironda le obligue a puro empellón y
a cardenal vivo a confirmar lo contrario.
Todo ideal, aunque nace de la realidad, entra
en contradicción con ella. Esa lucha puede estar regida por coordenadas lógicas
o por vectores irracionales. En Quijote cierto sustento general, de índole
espiritual, posee una evidente proyección racional; pero las determinaciones
culturales y sociales que nutren la mentalidad del personaje, según la
configuración a él otorgada por el novelista, lo desplazan hacia la realidad de
modo irracional. Esta irracionalidad lo es realmente, pero tiene una almendra
racional. Hay cierta razón en esta sinrazón. En efecto, ese agón entre lo ideal
y lo real es la dinámica interna de lo quijotesco, con una debilidad primera,
canceladora de todo éxito en el protagonista cervantino: la incongruencia de su
forma y su contenido, dentro de la estructuración del propio ideal.
Lo quijotesco no es, entonces, arranque de una
sola pieza, postura sin matices, actuación calculada y simétrica. Lo quijotesco
implica la posibilidad del fracaso, la entrada intempestiva en lo imposible.
Exige un arresto que a todas luces parece irracional, sobre todo cuando esa
salida se encuentra ante los ojos del hombre cotidiano, que juzga desde
parcelas de costumbre. Desde allí, el ojo advierte asombrado una ruptura, un
disparate, un salto al vacío. Pero el ojo quijotesco está viendo desde otro
prisma: dentro de sí conserva y auspicia una lógica especial, que deriva de los
perfiles dinámicos del ideal ya interiorizado, convertido en dibujo necesario
para la respuesta y la actuación. El hombre cotidiano queda pasmado ante el
gesto plasmado por el hombre quijotesco. El hombre cotidiano es pasmo, donde el
quijotesco es plasma. Se encuentran en planos diferentes, que batallan
denodadamente.
Lo quijotesco supone un rico diseño interior.
No es un exabrupto, como a veces puede parecer a algunos espíritus pobres en la
detección de la vida como proceso. Es una acumulación subterránea, que atesora
premisas para las conclusiones visibles en los ademanes ya incidentes en lo
real. Lo real negativo o imperfecto actúa sobre el hombre cotidiano,
comprimiéndole sus más hermosas capacidades desplegadoras, y va llenando de
respuestas silenciosas los músculos de la conciencia. Ya el salto visible del
hombre cotidiano al hombre quijotesco siempre supone una convicción, una
conducta sedimentada antes de convertirse en conducta real. Arma en lo interior
un programa, suscitado por la propia experiencia. Allí donde las experiencias
son más lacerantes, y donde la sedimentación interior se encuentra más
avanzada, asoma con mayor acabado lo quijotesco, ya sudadas muchas de sus
irracionalidades. Incorpora un impulso a la realidad que informa y conforma
hacia superiores sentidos.
La angustiosa transformación de lo real, que es
continuamente sometido a examen, exige una conducta de enorme fuerza
modeladora. Lo quijotesco, desasido ya de toda retórica y automatismo, implica
siempre la visualización de la meta. Imponer esa meta, trasladar toda la
realidad hacia esa meta interior, es tarea ciclópea, cuya gestual imponencia
asemeja una actuación fuera de quicio. Pero lo quijotesco aspira precisamente a
reenquiciar. Lo quijotesco es lo divino tratado de materializar por lo humano.
El gesto acabará por incendiarse entre los rayos desencadenados, pero queda
como una latencia heroica, aun dentro de la atmósfera de lo absurdo. Palpita
como una herencia, en la retina del tiempo.
Todas las vocaciones tienen un alto componente
de actitud quijotesca. En todos los órdenes de lo humano: religiosos,
políticos, éticos, científicos, deportivos, artísticos… Esa actitud entrega
íntegramente el destino a un programa, bajo un diluvio de vectores múltiples de
carácter negativo. Si todos los vientos soplan hacia la dirección de la meta,
lo quijotesco desaparece. Lo quijotesco, por su propia naturaleza, exige
riesgos y desproporciones. Esa es su demasía, su intrínseco sobrepasamiento. Se
lo impone lo real, de donde ha surgido. La voluntad de cambio que lo quijotesco
implica viene de su programa, compuesto a partir de las propias insuficiencias
y compresiones de lo real sobre el espíritu. Pero lo quijotesco es siempre una
conducta de grandeza, de generosidad, de elevación espiritual, de fineza
emocional y sentimental que compendia ―como
mismo la belleza de lo natural se alza en la sola flor―
la beldad de lo humano en una singular conducta que el mundo mezquino y torcido
que vivimos no aprecia sino como una triste o risible desarmonía. Lo quijotesco
es la armonía dinámica de lo imposible, la impronta de lo que ha de ser
impuesto en lo posible. Lo quijotesco es el salto que da la conciencia que
mejor entiende hacia una realidad que pueda ser entendida por todos con
naturalidad y orgullo.
La Guernica, diciembre de 1988
Publicado en: ANATOMÍA DEL TRABAJO ARTÍSTICO, de Roberto Manzano, Ediciones La Luz, Holguín, Cuba, 2019, páginas 9-16.
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