LO QUIJOTESCO: UNA CONDUCTA MUY ESPECIAL 1

Cualquier diccionario al uso dice que
quijotismo es exageración de los sentimientos caballerescos. Según este sucinto
saber de las definiciones lexicográficas, lo quijotesco supone una dimensión
hinchada, una demasía. Con ello se admite que posee un núcleo encomiable, pero
que su sobrepasamiento lo desvirtúa. Quijotería, quijotada, quijotismo,
quijotesco. Términos frecuentes para calificar una actitud humana semejante a
la del protagonista de la novela cervantina. Vale la pena detenerse un tanto en
el análisis de la estructura semántica del concepto. ¿Cuál es su composición
nuclear? ¿Hasta qué punto es real la definición aducida? ¿Qué implicaciones y
derivaciones posee?
Quijano es el hombre privado: Quijote es el
hombre público. Un solo ser, con dos conductas. Escindido, como el universo que
refleja la novela. La ruptura no es absoluta: ambos seres van y vienen, se
intercambian dinámicamente, hasta que, en efecto, uno termina absorbiendo al
otro. Por supuesto, bien sabe Cervantes que se presuponen férreamente. Pero es
precisamente la ambivalencia de la escisión lo que le interesa. Su visión puede
parangonarse con la imagen de una moneda: las dos caras son imposibles separadas.
Rebanar una moneda es destruir su capacidad de circulación en la vida, es
decir, su valor. Al novelista le interesará, sobre todo, el valor. Es por ello
que muestra las dos faces: Quijote y Quijano, Quijote y Sancho, Quijano y el
Ama, Quijote y Dulcinea…
Quijote es una conducta marcadamente social.
Sólo se logra saliendo, vale decir, yendo hacia fuera, a los demás. Sólo
alcanza identidad en sus salidas. Lo que renuncia a salir con esa fuerza de
entrega absoluta, ya no es Quijote. Se queda en Quijano. Quijano se encuentra
sujeto a un orden de cosas donde Quijote no es posible. Quijote es otro orden
de cosas, provocado precisamente por el orden de cosas que es Quijano. Estas
relaciones internas de una persona que se muestra en su más auténtica dimensión,
que es según la vida que vivimos la fractura profunda que caracteriza al hombre
todavía sin desalienar, son de una riqueza fabulosa que siempre ha atraído a
los novelistas. Es la médula del destino individual, inmerso en el organismo
constrictor y reñidor de las comunidades históricas. De esta fricción nacen los
grandes asuntos de la novela como género artístico.
Quijano se encuentra inmerso en la realidad
cotidiana y trata de escapar de algún modo de esa lacerante red. Quijote se
encuentra en otra red, que es intrínsecamente de carácter virtual, pues sus
modelos genésicos se levantan de la comunicación fictiva propuesta por el arte
al hombre cotidiano que es Quijano. Se encuentran en dos realidades
aparentemente distintas, pero ellos son una sola realidad. Esto explica el
hecho de dos conductas en un solo ser. Aunque no dejan de ser dos conductas, de
advertirse como dos actuaciones de cierta autonomía. Esto les facilita la
convivencia dentro de su febril unidad y la visibilidad para los que entran en
contacto, a través de la obra que los contiene y edifica, de los dos momentos
nítidos de un único ser.
La realidad de Quijote se encuentra regida por
el ideal. Lo ideal supone una actuación ajustada no al es, sino al deber ser.
Quijano posee un código de conducta que no resulta tan elaborado como el de
Quijote. Los parámetros de actuación de Quijote son rigurosos. En cuanto es
Quijote ha de cumplir con un régimen de conducta. Si hay un régimen, hay
evidentemente un programa. El programa a que ajusta Quijote cada una de sus
acciones y de sus palabras posee proyección sistémica. Cada uno de sus
componentes trabaja febrilmente para el todo, y en ese afán de coherencia
multiplican sus propiedades. Con ello, Quijote se yergue como un carácter, de
una vitalidad creíble, que puede suscitar diferentes registros emocionales;
pero también como una dirección del espíritu, como una senda del alma humana.
Entre otros muchos rasgos, ese programa tiene
que ver vigorosamente con los demás. Es la verdadera otredad del uno. En la soledad,
en el ámbito lugareño y doméstico de Quijano, se encuentra el germen de esa
conducta así como la imposibilidad de su desarrollo. Lo quijotesco sólo es
posible cuando Quijano se torna Quijote. Por lo que es Quijano, y lo que es
Quijote. En Quijano está la aspiración de la acción, como vida íntima: en
Quijote está la acción de la aspiración, como conducta pública. Esa acción de
la aspiración obliga a sostener una trazadura sutil de las relaciones, una
delineación acabada y explícita de los propósitos, un sentido especial de la
comunicación, que exigen una compacticidad intransigente de la conducta ante la
realidad que desea transformar.
En cuanto lo quijotesco supone una conducta
social, urge de complementarios. Unos proceden de Quijano, y no pueden complementar,
si no en sentido negativo, que es otro modo de complementación, a Quijote.
Otros sólo pertenecen a Quijote, se mueven dentro de su retablo figurativo de
sentidos e intenciones. Pero el primero de todos los complementarios es Sancho.
Es el legítimo, en cuanto lo acompaña por dentro y desde dentro, como la otra
orilla de su espíritu. Las normas implacables a que se ha sujetado Quijote, y
que arman su actuación, no le permiten ser Sancho. Sancho es Quijote visto
desde el reverso. Es el germen del verdadero poder transformador que el ideal
exige, pero sin la retórica circunstancial. La retórica, que se ofrece como una
instrumentación para ver con elocuencia, no deja ver en modo alguno. Sancho,
que desconoce la retórica, puede ver. Tiene la elocuencia de lo empírico. No se
encuentra cautivo de ideologías parciales e interesadas, sino que se sujeta tan
sólo a los presupuestos inmediatos y generales de lo natural.
Sancho puede llegar al poder: Quijote no
alcanzará nunca el legítimo poder. Uno parece ser cuerpo, y el otro cabeza.
Pero no es verdad. Sancho revelará en el trato con Quijote, y en su
impregnación sucesiva y gradual de la conducta del espíritu, que es también
parte sustancial del programa. Sin él, no hay integralidad de pensamiento. Él
es una parte ancestral y profunda, de carácter multitudinario, de ese
pensamiento. Él revela lo que hay de retórico y automático en la conducta de
Quijote. Pero necesita andar junto al Quijote: esa andadura posee una pedagogía
oculta, que ha de ser revelada. Si bien esa modelación es altamente visible en
su flujo de Quijote a Sancho, hay también una incuestionable modelación que va
de Sancho a Quijote. Los dos, enriquecidos y presupuestos en conjunción
absoluta, constituyen la figura auténtica que ha de ser asimilada como metáfora
unitiva de lo humano transformador.
La complementariedad de Sancho es tal que tiene
siempre un tanto de Quijote. Primero en forma de llamativa candidez, y luego
con una mayor raigambre espiritual. Quijote, es indudable, tiene sus puntas de
Sancho, pero su código no le permite darle expansión. En el hilo argumental
trazado por Cervantes la moneda gira cada vez con mayor fuerza. Primero se
encuentran las caras bien delineadas en su separación y, luego, acelerando los
giros entre los dedos, el novelista consigue que el lector vea sucederse a
velocidad los dos rostros, los ve confundirse, los ve al fin como uno solo, en
la integridad de la moneda, como si estuviéramos en ambos sitios a la vez: el
anverso y el reverso. El procedimiento es prepicassiano. Así se logra la
completitud de la imagen. Esta visión, más que dual, dialéctica, es el
auténtico sistema constructivo de Cervantes. Su universo se alza sobre esta
matriz irradiante.
Lo quijotesco no es necesariamente un régimen
de conducta permanente. Puede revelarse en un acto, o en una serie de actos.
Precisamente de este modo es como se manifiesta en la vida común, que es
aquella que no alcanza una temperatura de sentido, generadora y generada de un
régimen de actuación. Pero su reclamo interno de coherencia puede llevar
indefectiblemente a un estado permanente. Porque su régimen de actuación posee
una obcecada disciplina, y exige una poderosa voluntad interna. Cualquier
incongruencia destruye su potencia, su estado de posesión. La falta de correspondencia
de un acto sucede como una entropía, y puede destruir el sistema. Siendo lo
quijotesco un movimiento beligerante, engendra enemigos. Cualquier fisura en la
totalidad es un arma entregada a los enemigos. Es por ello que uno de sus primeros
rasgos distintivos es la conciencia de la coherencia. Lo quijotesco, desde su
umbral público, como acción de la aspiración aún en germen, requiere integridad
en todos sus elementos. Esta integridad constituye su capacidad de
desplazamiento real. Ha de volverse atrás, y de hecho se vuelve, como se ve en
la novela, cuando no ha cumplido de modo coherente su código de salida.
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