VECTOR DE INTENCIONALIDAD Y TRABAJO ARTÍSTICO IV

descripción

  

La naturaleza interior del trabajo es conflictiva. Se encuentra inscrita en una batalla. Es una batalla. El sujeto y el objeto luchan entre sí.

Se presuponen mientras trabajan. Pero el sujeto considera al objeto caos, y quiere establecer un orden. El objeto trae un orden. Pero ese orden es caos para el sujeto.

El sujeto es una intencionalidad. La intencionalidad es siempre una modificación. En el instante del trabajo el sujeto debe modificar al objeto.

En ese instante el sujeto se expresa en el objeto. El objeto representa al sujeto. El objeto debe ser modificado para que manifieste la meta.

El sujeto no tiene otra vía de expresión. Tiene que pasar por el objeto. Y el objeto es siempre un campo extraído. Trae un orden del campo mayor de donde fue extraído.

Pero al entrar en el campo del sujeto sólo es posible su incorporación real si asume cristalización de meta. El campo del sujeto está vectorializado, y vectorializa de inmediato al objeto.

El objeto puede entrar por azar. Pero en cuanto entra, se vectorializa. O se guarda en los espacios suburbanos para vectorializarlo en su momento.

El objeto es una identidad que ha de ser modificada. No puede ser modificada ninguna identidad sin resistencia. Sólo que el sujeto será él mismo en la medida en que encarne en el objeto.

Esto es conflictivo, porque es trabajo. Pero todo conflicto es una unidad de actuación.

Cada sujeto es responsable de las batallas que libra. De los objetos que modifica. De las intencionalidades que inscribe en la realidad.

El sujeto genera los objetos de su trabajo. Siempre se encuentra generando objetos para modificaciones cada vez más complejas. En estas batallas sedimenta trabajo.

Toda sedimentación es un arsenal. Gracias a la sedimentación se entra en conflicto con mayor seguridad. Los demás sujetos consumen los objetos del sujeto que trabaja.

Saben si la batalla se ha librado adecuadamente. Vale decir, si se ha trabajado bien. No pueden saber al dedillo todas las resistencias vencidas, pero calculan algunas. Valoran el movimiento ordenado establecido.

Juzgan el triunfo. Este triunfo suscita alegría. Esta es en gran parte la reacción estética frente al trabajo cristalizado.

Pero existe también una reacción estética frente al trabajo procesual. Es la observación de cómo el sujeto incorpora orden en el caos. Sus modos de incorporación de movimiento.

Esta observación no está frente al triunfo final. Pero está viendo, a través de los módulos frontales del trabajo, el de la realización de la imagen, que es la imagen del trabajo.

Contempla las resistencias que se ofrecen, y las destrezas que se propagan para la ordenación. Esto genera, por la visualidad procesual de los triunfos, una reacción estética.

Porque todo triunfo es procesual. Sólo que es percibible, como triunfo, bajo el trabajo cristalizado. Lo que se socializa es trabajo cristalizado.

Pero el trabajo procesual, que es el verdadero, el único, el real, el agónico, sólo se socializa de modo infrecuente y azaroso. No hace falta. Lo social consume meta congelada.

El trabajo es el camino, no la obra. Pero para el entendimiento y la formación del trabajo, es necesario someterlo a observación.

El trabajo posee su estética propia. El sujeto que en menores unidades temporales vence más resistencia trabaja bien. Produce alegría observar su actuación.

El sujeto que garantiza, por la extraordinaria sedimentación de trabajo que posee, una fluencia de movimiento ordenado, trabaja bien. Produce alegría observar su actuación.

El sujeto que inscribe de modo conciso su intencionalidad en el objeto es evidente que trabaja bien. Produce alegría ver el vigoroso resultado que ha obtenido.

El sujeto que ha podido sujetar lo anárquico a una simetría, o aparentar una anarquía que contiene una simetría impalpable, trabaja bien. Produce alegría su actuación distribucional.

El sujeto que elabora sus vectores con una gran economía de esfuerzo trabaja bien. No se aprecia el sudor, donde debía haberlo. Produce alegría verlo triunfar de tal modo sobre las resistencias.

En la misma medida que los otros sujetos posean conciencia de las resistencias, percibirán la estética del trabajo procesual, no sólo del trabajo cristalizado.

La maestría es el proceso modificador que posee capacidad estética en sí mismo. Es el trabajo que garantiza con rapidez y elegancia los índices de eficacia.

Para que haya maestría en el sujeto tiene que estar orientado de modo permanente. La maestría es resultado de una orientación sistemática del sujeto.

El primer paso de la maestría es la internación profunda del rol. El dibujo de otras conductas orientadas semejantes tiene que estar incorporado a la conducta del sujeto.

Todo el árbol automático de la maestría tiene que estar bien gajeado. Del gajo de los hábitos van saliendo las habilidades, del gajo de las habilidades van saliendo las destrezas, del gajo de las destrezas van saliendo las capacidades.

Esto sólo se consigue con trabajo acumulado. Insistimos en la sedimentación. Sin sedimentación no hay desarrollo del trabajo.

La maestría posee una particularidad especial, que es su capacidad ecuestre. Se pueden saltar grandes vallas que el sujeto no sabía que estaban puestas. Se sigue el camino. Existen grandes posibilidades de superar los riesgos.

Pero la sustancia de la maestría es el dominio de los algoritmos. Para todo se elaboran algoritmos. En algunos sectores del trabajo la humanidad ha acumulado algoritmos históricos.

Esos algoritmos se deben incorporar, y convertir en segunda naturaleza. Los algoritmos exteriores, que tienen que ver con la realización de la imagen. Y los interiores, que tienen que ver con la inscripción de la intención en la imagen.

La maestría se define como el dominio automático de los algoritmos imprescindibles para inscribir una intención en la realidad.

Los niveles de dominio de los algoritmos son cinco. Estos niveles definen los diferentes escaños de maestrías.

Primero, el dominio de los algoritmos lineales simples. Cómo se va de alfa a omega en un segmento específico venciendo todas las resistencias con rapidez y eficacia.

Segundo, el dominio de los algoritmos lineales compuestos. Cómo se va sumando segmentos específicos con absoluta coherencia, marchando siempre directamente hacia la meta.

Tercero, el dominio de los algoritmos lineales-radiales. Cómo se va desarrollando un algoritmo lineal compuesto en la misma medida en que se incorporan movimientos ordenados colaterales, de modo veloz e inconsútil.

Cuarto, el dominio de los algoritmos radiales simples. Cómo se cumplen pequeñas simultaneidades sucesivas bajo los índices de eficacia.

Quinto, el dominio de los algoritmos radiales complejos. Cómo se va avanzando en grandes esferas ergonómicas. Se cumple simultáneamente con la elaboración de grandes conjuntos en la misma medida en que se resuelven obstáculos parciales.

La maestría se cumple en todas las fases del trabajo. Posee integralidad. Acaba siempre en una actividad radial, de gran compacticidad ergonómica.

La maestría se despliega en la esfera conceptiva, en la dispositiva, en la ejecutiva, en la correctiva. En cada una de ellas hay algoritmos que deben ser dominados.

La maestría auspicia la libertad. La libertad instrumental del sujeto contribuye a la cristalización óptima. Un sujeto con maestría es confiable. Se sabe que puede salvar los riesgos.

La maestría proporciona belleza ergonómica a la obra. Es el aura especial que genera el trabajo que ha cristalizado adecuadamente. El receptor reacciona estéticamente no sólo frente al mensaje, sino también frente a la belleza ergonómica inscrita.

La libertad instrumental, que genera belleza ergonómica, elimina sudor. El sudor es enemigo de la maestría. La obra no puede presentar sudor.

Si hay sudor, sobreviven resistencias. El sudor es ausencia de movimiento ordenado. Es procesualidad que no ha cristalizado. Es secuencia interrumpida. Es el punto donde la intencionalidad extravió la meta.

Un creador suda, pero no puede permitirse el sudor. Suda, en su trabajo procesual. Pero no puede sudar en su trabajo cristalizado. En el primero es inevitable el sudor, pero el área verdadera del sudor es la sedimentación.

La maestría posee el arte de la sedimentación. Si va camino a una obra, sedimenta mucho primero. Allí sepulta gran parte del sudor. En el estado final se despliega con libertad instrumental. Alcanza la belleza ergonómica.

El sudor es un ruido y una pérdida de información. La presencia final de sudor tiene que ser vigilada y eliminada.

Por ello, el consumo tiene que estar presente en la producción. Hay que desarrollar simultaneidades ergonómicas. Son imprescindibles para una buena cristalización.

La autorrecepción, que es la presencia del consumo en la producción, es trabajo que se comporta como antitrabajo. Hay que saberlo emplear con maestría.

La ausencia de autorrecepción expulsa los controladores de la calidad del proceso. Es imposible en el trabajo creador.

El exceso de autorrecepción detiene la producción. Ella está presente siempre, pero hay que tener maestría para saber cuándo se incorpora a la producción.

Porque ella es siempre una pausa. Además, es antitrabajo. Ella vigila, pero debe ser vigilada. A veces, cuando la producción presenta estancamiento es conveniente expulsarla del área.

Luego ella regresará, porque no puede ser eliminada del proceso. Ella forma parte. Sin ella la producción no sabe cómo va la intención.

La autorrecepción la ejerce solitario el sujeto, pero es la primera socialización de la obra. Es la primera socialización porque es de algún modo la presencia de los otros en el proceso.

Por lo tanto, la autorrecepción es una interacción de receptores. Por una parte se encuentra el Sí mismo, y por la otra se encuentra el Otro.

El Otro siempre se presenta con dos módulos de consumo. Uno de ellos es el consumo hedonista. El otro, el consumo crítico. Estos son los básicos, aunque puede haber otros tipos de consumo.

La autorrecepción es una internación doble de receptores, con dos módulos operativos, y hay que poseer maestría para dosificarla adecuadamente por esta población interior que contiene.

La autorrecepción puede estar magníficamente educada, pero siempre es conveniente el receptor real. Pero hay recepción y recepción, y el productor tiene que distribuir bien el consumo antes de la cristalización.

De todos modos el productor generalmente realiza una prueba receptiva. Necesita saber antes de la probable socialización real.

Cuando la socialización real se torna difícil, el productor busca receptores que le hagan saber. En la misma medida que el productor adquiere anticipación socializadora, necesita saber menos.

La maestría produce un estilo. El estilo es una derivación del trabajo. El estilo puede ser una búsqueda apriorística, pero el verdadero estilo procede como resultado.

El estilo es una diferencial, respecto a los otros trabajos. Pero es una homología, respecto al trabajo propio. Es una marca de identidad. Vale decir, una relación con los otros.

La identidad del proceso cristalizado no sólo la proporciona el sujeto, sino también los modos ergonómicos y las inmanencias de los contenidos.

Con cada contenido surgen diferenciales nuevos. Y surgen diferenciales nuevos con cada sujeto. El estilo es siempre una categoría relacional.

El estilo no es una preocupación del verdadero trabajo. La preocupación del trabajo es cómo lograr que la intencionalidad alcance óptimamente la meta. Eso genera estilo automáticamente. Son diferenciales en actuación.

La meta está inscrita en todos los estados del proceso. La lucha agónica por dominar su luz orgánica domina el camino. Las incorporaciones legítimas poseen sus modos distintivos, pero sólo porque estrenan metas necesarias.

Sigue en: VECTOR DE INTENCIONALIDAD Y TRABAJO ARTÍSTICO V

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